lunes, 7 de diciembre de 2009

"Afganistán es una guerra sucia"

Mucha gente piensa que estamos allí repartiendo comidas y sonrisas en plan ONG, pero aquello es una guerra, y una guerra sucia, porque ellos no dan la cara: atacan y se refugian entre la población civil". A sus 24 años recién cumplidos, el soldado Rubén López García habla con el fundamento que le dan una pierna amputada, otra seriamente desgarrada y una mano maltrecha, secuelas del ataque que el 24 de septiembre de 2007 causó tres muertos y seis heridos a un convoy militar que circulaba por las inmediaciones de Shewan (provincia de Farah).

"Iba en la trampilla trasera del BMR (blindado medio sobre ruedas) vigilando con medio cuerpo fuera cuando hicieron estallar la mina. Salí disparado del blindado y caí sobre la ametralladora, pero no perdí el conocimiento. Enseguida me di cuenta de que tenía una pierna perdida. Estuve gritando "hijos de puta" y desangrándome a chorros hasta que mi sargento me hizo un torniquete y me dijo que me callara. Le debo la vida". A Rubén López le ha quedado la Medalla al Mérito Militar, una indemnización de 36.000 euros y una pensión vitalicia. Vive con su perro en un piso de planta baja en Albacete y vuelve a tener novia. Ya no sufre pesadillas. "Cuando empezaba a conciliar el sueño sentía un golpe fortísimo en la cara, como un sartenazo; pero eso ya pasó", dice.

¿Tiene sentido enviar más soldados a Afganistán, arriesgar más vidas, gastar más dinero? ¿Qué hacemos allí? Qué hacemos, en la doble vertiente del cumplimiento de la misión asignada y de la pertinencia de continuar, ahora que la crecida insurgente ha trocado el horizonte de la reconstrucción pacífica del país por un escenario bélico en el que la derrota militar aliada no está descartada. Más de 10.000 militares españoles han pasado por este país de Asia central desde que, hace ocho años, nuestro Ejército puso sus pies allí. Veintitrés contingentes de soldados que han recibido su bautismo de fuego en las desoladas montañas y los desiertos lunares afganos bajo la climatología extrema del viento abrasador y el frío glacial. Chicos, por lo general muy jóvenes, endurecidos en las patrullas de reconocimiento de nueve jornadas consecutivas vivaqueando, que aprendieron a cuidarse de las emboscadas en los desfiladeros y de los suicidas hombres bomba, a dominar los nervios nocturnos cuando los morteros hurgan en la oscuridad y el silencio buscando la base de Herat, donde toda luz está terminantemente prohibida.

Por limitada que haya sido su estancia, estos soldados llevan ya en su piel el sello de Afganistán: el sabor y el olor de la miseria y el del polvo masticado en los caminos, el del arroz con cordero y el del comino y el azafrán. Ellos guardan en sus retinas la belleza salvaje del país, y en su bagaje militar no faltará ya nunca el historiado relato afgano. He aquí un pequeño anecdotario recogido entre los veteranos que, con autorización o no de sus mandos, han hablado para este periódico.

"No he podido olvidar la escena de aquel día que patrullábamos a pie por un pueblo y llegamos cerca de una casa en cuyo patio se veía a una mujer y unos niños. Cuando el marido se dio cuenta de que íbamos a pasar por delante, cogió un palo y empezó a pegar a su mujer. La metió dentro de la casa a palos, como si fuera ganado. Allí, la mujer vale lo que un puñado de ovejas". (...) "¿Recuerdas cuando el cabo nos comunicó que el termómetro del blindado había estallado al sobrepasar los 59 grados?". (...) "¿Y aquella tormenta de arena y piedra que detuvo el convoy y nos obligó a encerrarnos? Al menos sabíamos que mientras durase, los talibanes no podrían venir a por nosotros". (...) "A mí me vienen a la memoria los autobuses abarrotados de gente que transportaban coches en el techo". (...) "Estás en medio del desierto, a más de 50º, sin restos de civilización ni de vegetación en muchos kilómetros a la redonda, y, de repente, aparecen unos niños corriendo descalzos en medio del pedregal".

Miles de despedidas y recepciones en los aeropuertos, miles de familias en vilo pendientes de las noticias a las que se sumarán ahora dos centenares más. Aunque la presencia española no es abultada -algo más de un millar de soldados encuadrados en la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad, organizada por la OTAN (ISAF)-, España ha gastado ya en esa misión 1.562 millones de euros -364 en lo que va del presente año-, y pagado un tributo humano de 89 bajas, todas ellas, salvo una decena, víctimas de los accidentes del Yak-42 (62) y de los helicópteros Cougar (17). Parte del contingente se asienta en la base hispano-italiana de Herat, mientras que el grueso protege a los cooperantes y técnicos de los Equipos de Construcción Local (PRT) establecidos en la provincia de Badghis. Nuestro país tiene también a su cargo el control del aeropuerto de Kabul y el adiestramiento de policías y soldados afganos, tarea en la que participará la Guardia Civil. Los aviones espía Searcher MK II J y Mini UAV Raven B y los blindados MLV Lince y RG-31 MK 5E son su material más sofisticado.

Como el resto de los ejércitos de la ISAF, las fuerzas españolas se atienen a las reglas que sólo les permiten combatir en caso de haber sido previamente atacadas. Es una postura con la que no pocos militares discrepan. "Sin ofensivas no se derrotará a la insurgencia y nos seguirá ganando terreno. Prefiero combatir a los terroristas de Al Qaeda en su territorio que esperar a que nos preparen un segundo 11-M en España. Además, no se puede estar siempre a la defensiva: uno de los principios de la guerra es la voluntad de vencer... y España no la tiene", sostiene un veterano. ¿Y qué hacen las tropas españolas cuando avistan movimientos del enemigo? ¿Qué hacen con los prisioneros y el material que se incautan? "No recuerdo que se produjera ninguna detención mientras estuve allí. Es difícil coger a un insurgente con vida porque los enfrentamientos son a distancia. Ellos huyen o mueren, pero no abandonan a sus heridos", responde ese mismo militar. "Nuestras fuerzas colaboran con las afganas, que son las que detienen y confiscan", indica, a su vez, el coronel Emilio Sarabia, responsable hasta hace cuatro meses de la unidad destacada en Badghis. "El hecho de que España no participe en la iniciativa bélica Libertad Duradera, comandada por EE UU, no implica que mantenga una estrategia defensiva. De hecho", apunta, "estamos llegando a las zonas remotas de la provincia, donde los insurgentes se mueven con mayor facilidad".

Dice que la misión más comprometida realizada por las tropas españolas ha sido la apertura de la ruta Lithium que enlaza Qala-i-Now y Balamurghab. "La insurgencia la mantenía cerrada desde tiempo atrás, pero nosotros la abrimos batiendo el terreno y controlando las alturas durante cuatro días. Escoltamos un convoy logístico y ahora la policía afgana ha asegurado ese paso estratégico con algunos fuertes". Muy orgulloso del trabajo realizado en tierra afgana, el coronel elogia la calidad humana y profesional de los soldados españoles. "Créame, que son de lo mejorcito. A la capacidad, valentía y disposición añaden la generosidad. Con los beneficios del bingo de los viernes han financiado un campo de balonvolea, deporte nacional afgano, en el orfanato construido por España en Qala-i-Now que lleva el nombre de "sargento Abril", muerto en aquellas tierras.

Desde que se bate el cobre en el exterior -y Afganistán, santuario de quienes inspiraron la matanza de Madrid y todos los meses llaman a la reconquista de Al Andalus, tiene para nuestro país connotaciones particularmente dolorosas-, es como si buena parte del Ejército reclamara mayor aliento y consideración sociales. Son carencias que, por lo visto, no encuentran compensación completa en la paga -los 1.200 euros de un cabo ascienden allí a 3.200-, ni alteran el móvil vocacional, determinante, en muchos casos.

"Cuando ves a tus compañeros en un ataúd, te das cuenta de que esto no está bien pagado, aunque yo cambiaría el dinero por un mayor reconocimiento de la sociedad. Muchos preferiríamos que España entera se sintiera orgullosa de sus Fuerzas Armadas", enfatiza un soldado herido en Afganistán.

"Ésta no es nuestra guerra" "¿Qué se nos ha perdido allí?", plantean, sin embargo, no pocos familiares de soldados y parte de la opinión pública, temerosa de que el envío de nuevas tropas suponga algo así como meter definitivamente la cabeza en el horno afgano. Es una pregunta capital, condenada a repetirse con redoblada insistencia en los tiempos venideros porque los analistas militares vaticinan que en Afganistán vienen tiempos peores y advierten de que una victoria talibán supondría el triunfo de Al Qaeda. La coalición internacional trata de impedir a toda costa que los insurgentes se hagan con misiles tierra-aire, porque si logran abatir los helicópteros, como abatieron, en su día, los de los soviéticos, desbaratarán el modus operandi de las tropas aliadas, que se sustenta precisamente en la conexión y en el continuo apoyo aéreo. Además, mucha gente no acierta a entender que la alternativa internacional a la amenaza talibán sea sostener a un Gobierno manifiestamente corrupto que autoriza a los maridos a castigar sin comida a sus mujeres si se niegan al acto sexual. Y la cuestión viene manifestándose a menudo enhebrada en la lacerante polémica sobre la idoneidad del material militar puesto sobre el terreno.

"¿Hay que retirarse de Afganistán?", le pregunto a Rubén López; y este chico, que ahora estudia para sacar el bachillerato -"quiero defender como abogado a mis compañeros soldados"- y tiene que moverse en su casa con muletas, responde que no, que España es muy útil allí. Claro, que él responde a ese modelo de voluntario pedernal que le llevó a alistarse en los paracas porque le aseguraron que era la unidad militar más dura. Rubén no culpa a nadie de lo que le pasó, pero sugiere que el Gobierno haría bien en revisar el blindaje de los vehículos. Viniendo de quien ha sufrido tan grave quebranto, la suya hay que tomarla como una recomendación crítica exquisita, ya que aquel atentado, que costó la vida a los soldados Germán Pérez Burgos y Stanley Mera Vera y al intérprete Rohulah Mosavi, fue el detonante de la polémica que ha acabado por retirar los BMR, presa fácil de las minas anticarro dado su escaso blindaje en los bajos.

"Con los vehículos era una lucha constante. Siempre se quedaba alguno tirado. Era vergonzoso. Ahora parece que la cosa ha mejorado mucho gracias a los nuevos blindados, pero ha sido a base de muertos", reprocha gravemente otro veterano que habla con la condición del anonimato. "Tampoco los chalecos antibalas son buenos. El bolsillo que llevan para guardar la chapa de identificación es poco resistente y se rompe fácil, así que tienes que llevarla con cinta aislante. Y además, son incómodos: no puedes apoyar en ellos la culata del fusil". El coronel Emilio Sarabia destaca la imposibilidad de alcanzar el cien por cien de seguridad. "Si tienes un blindado que te protege contra una carga X, el enemigo utilizará contra ti una carga X+Y. No considero un error haber llevado los BMR".

Aquella fatídica mañana del 24 de septiembre en Shewan, el cabo Óscar Bertomeo, de 24 años, ocupaba la otra trampilla exterior del blindado atacado. Pese a que los servicios de inteligencia les habían advertido expresamente del peligro de emboscada, tampoco él vio nada sospechoso sobre el terreno, no se apercibió de la mina enterrada en el suelo, ni del cable de 70 metros hundido en el polvo. "Era la víspera de mi cumpleaños, y sí, fue tremendo. Tuve suerte porque la metralla sólo me alcanzó en una pierna. Nos evacuaron en helicóptero y luego a España, pero una semana después me reincorporé a mi unidad porque quería levantar la moral de mis compañeros, que estaban hechos polvo. Ellos son mi segunda familia. En Afganistán aprendí que no debes despreciar a nadie, que tú dependes de tus compañeros tanto como tus compañeros dependen de ti".

El comandante Francisco Rodríguez Crespo, que formaba parte del mismo convoy, dice que en lo que vio, además de escenas muy dolorosas, hubo una reacción profesional extraordinaria. "Supieron mantener la serenidad y hacerse cargo de la situación. Fue una jornada muy triste, pero para mí supuso también la prueba de que nuestros soldados cuentan con una gran preparación", dice.

Cabo y comandante charlan con el periodista en el edificio de oficiales de la Bripac en Paracuellos del Jarama (Madrid) con autorización expresa de sus mandos. Aunque en la milicia la voluntariedad, como el valor, se presupone -salvo razones de fuerza mayor, en la práctica, todos los soldados se movilizan con su unidad, sea cual sea el destino-, hay que creerles cuando se muestran satisfechos y convencidos de la necesidad de la misión afgana. "Soy cubana", interviene la cabo Surany Montano Amador -"eres española", le corrige, aplicadamente, un oficial-; "bueno, quiero decir que nací en Cuba, pero que no he conocido nada parecido a la miseria que vi en Afganistán: los chiquillos sucios y descalzos, las calles sin asfaltar, las casas de barro, sin luz, ni agua corriente, ni alcantarillado".

Es un cuadro de situación bien distinto del hábitat de los soldados españoles, que en la base de Herat disponen de cocina española y -al contrario que los soldados de otros países- duermen en cama, tienen aire acondicionado y pueden seguir la actualidad española a través de TVE y llamar a casa prácticamente a diario. En el Ejército español, los soldados de origen extranjero suponen ya el 17% de la tropa y de la marinería, y las mujeres, el 7%. Surany Montano, 30 años, soltera, tiene una razón añadida para estar presente en Afganistán. "Ni una sola de las mujeres afganas que trabajaban a rostro descubierto en nuestra base de Qala-i-Now como limpiadoras, lavanderas o administrativas se atrevía a salir a la calle sin el burka". Asegura que no tuvo problemas con el personal civil o militar masculino afgano. "En el almacén trabajé codo con codo con un afgano, y cuando nos despedimos se nos saltaron las lágrimas a los dos".

Pese a que la relación con la población civil es, por lo general, bastante pobre -el idioma, el corto periodo de la misión, cinco meses, y, sobre todo, el miedo al atentado dificultan ese contacto-, Afganistán conserva entre los veteranos su poder evocador. "Es como una novia que te trata fatal, pero a la que no puedes dejar de querer", resume Pablo Yuste, antiguo responsable en Afganistán de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID). Y eso que, según apunta un militar destinado en Kabul, una de las primeras cosas que se perciben nada más llegar a ese aeropuerto es el olor fétido, pestilente, de las aguas negras residuales, que, a falta de alcantarillado, discurren a cielo abierto por las calles.

"No hay casi semáforos, calles asfaltadas, ni alumbrado. Vives en una tensión permanente, con los nervios a flor de piel. Si te paras por un socavón o un atasco, debes evitar a toda costa que te abran las puertas, porque no sabes si van a pedirte dinero o a meterte una granada. Además, tratan de que les golpees con el coche para reclamar una indemnización. Yo he pasado momentos muy jodidos con turbas de manifestantes enloquecidos, situaciones en las que te la juegas porque eres tú o ellos. Se producen ataques y refriegas cada dos por tres, pero en España preferimos la versión edulcorada por aquello de que lo nuestro es una misión de paz", ironiza.

"He estado allí dos años y medio y todavía no he conseguido hacerme una opinión inmutable sobre si la fuerza militar internacional debe estar o no", indica Diego Cameno, que se ocupa de la financiación de proyectos por encargo de la Comisión Europea. "La retirada abocaría a una guerra civil abierta, pero esa guerra ya está ahora mismo planteada. Creo que la intervención militar ha sido muy torpe, ha causado grandes desplazamientos y bajas injustificadas en la población civil, mientras los señores de la guerra se quedaban con el dinero internacional. Ahora, todos ellos corean el grito de guerra: 'Muerte a los extranjeros", apostilla.

Pablo Yuste opina de manera bien distinta. "En cinco años hemos conseguido que Qala-i-Now, la capital de Badghis, sea la primera ciudad afgana con las calles asfaltadas y alcantarillado, saneamiento y agua potable en todas las casas. Hemos construido 170 kilómetros de carreteras, un hospital provincial, siete clínicas, escuelas para niños y niñas, institutos y centros de formación de profesores y de parteras. Ahora mismo damos trabajo a un total de 7.500 afganos que, por cinco dólares diarios, trabajan en los distintos proyectos en marcha. España se ha gastado ya aquí 130 de los 150 millones de euros comprometidos, y la inmensa mayoría de la población está contenta porque es la primera vez en la historia que alguien hace algo por ellos, si se exceptúa lo poco que hicieron los rusos. El hecho de que los ataques talibanes hayan respetado hasta ahora las escuelas y los hospitales se debe a que la mayoría de ellos aprecia que se eduque a sus hijos y sus mujeres paran sin peligro. "El problema", subraya, "es ese 5% de insurgentes armados y simpatizantes que quiere cargárselo todo, pese a que los militares españoles se comportan muy correctamente y buscan granjearse la simpatía de la gente". "La cuestión", dice, "no debe ser matar talibanes, sino convencer a la población de la necesidad de crear un Estado".

El general Miguel Ballesteros, director del Instituto Español de Estudios Estratégicos, cree que, dada la situación, ya no se trata tanto de ganar la guerra a Al Qaeda como de impedir que Afganistán se convierta en un Estado fallido que pase a manos talibanes y desestabilice a su vecino nuclear, Pakistán. En su opinión, "hay que multiplicar los esfuerzos para acelerar la formación de unidades del ejército y de la policía afganos. De acuerdo con este analista militar, la salida forzada de las tropas internacionales podría suponer el reforzamiento de Al Qaeda, que lo explotaría como la única organización capaz de provocar la retirada de dos potencias: la Unión Soviética, en 1989, y ahora, EE UU y la OTAN".

Según eso, el pasado podría reaparecer en Afganistán y actualizar el cuadro de situación que el periodista Wojciech Jagielski encontró en Kabul tras la derrota soviética. "Media ciudad quedó cubierta de cintas marrones, procedentes de casetes de audio y vídeo. Estas guirnaldas de celuloide que susurraban al viento, así como los televisores colgados con cuerdas de los árboles y las farolas, como si se tratara de criminales atrapados in fraganti, habrían de convertirse en el símbolo de la nueva época. La ejecución de los televisores, el silencio absoluto que se apoderó de la ciudad tras anunciarse la prohibición de escuchar la música que los talibanes consideraban pecaminosa, la obligatoriedad de ir a rezar a las mezquitas y la marginación social de las mujeres, tratadas a veces de un modo que iba más allá de la marginación, fueron el precio... (Fragmento del libro Una oración por la lluvia).

fuente: El país.

*a otra cosa mariposa...

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