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«¿Misión de paz? Eso es una guerra».

Cada vez que en Afganistán muere uno de nuestros soldados, los políticos se centran en debatir si lo que hay en aquel país es o no una guerra. El Gobierno defiende el concepto de «misión de paz» de la ONU; la oposición, el de conflicto. Y los militares, mientras, se dejan la piel en un país en el que el enemigo es cualquiera que pasa por allí, en el que la tensión y el riesgo son constantes y en el que la situación va de mal en peor.

Ellos, los protagonistas, de los que tendemos a acordarnos sólo cuando mueren, lo tienen claro: «De misión de paz, nada, esto es una guerra y todo lo que están contando es mentira». Ninguno de ellos quiere que su nombre aparezca cuando hablan con LA RAZÓN, pero tienen grabados a fuego cada uno de los días que pasaron en Afganistán. «Los ataques, allí, de alguna u otra forma, son casi diarios. Los tiroteos, y sobre todo la tensión, son continuos, y cada día vivimos una situación de máxima alerta y de estrés que es muy difícil de soportar», dice uno de ellos. El problema, cosa que no ha pasado en otras misiones, es que «son muy pocos los civiles que quieren que estemos allí. El 80 por ciento de la población es hostil hacia nosotros», recalca, «y en cuanto sales de patrulla te escupen y te tiran piedras», añade otro. «De cualquier lado te salen disparos, –relatan–, tenemos que estar siempre alerta y no descansas nunca».

Eso, los que salen de patrulla, con mil ojos puestos en cada movimiento porque «no sabes en quién confiar» y «las emboscadas son continuas». Los que por el contrario se pasan la mayor parte del tiempo metidos en las bases tienen que escuchar un soniquete frecuente: «¡Alert, alert!¡Rocket atack!» («¡Alerta, ataque con cohetes!»). Esa alarma es «como el padre nuestro en Afganistán», dicen, excepto los viernes, que como es día de oración, «suelen dejarnos en paz».

Las noticias que llegan a España son pocas. El día a día es un misterio y muchas de las refriegas ni siquiera las notifica el Ministerio de Defensa. De hecho, desde 2006, cuando las tropas recibieron el primer ataque, el departamento que ahora dirige Carme Chacón sólo ha informado de 38 ataques, contando el que el pasado 1 de febrero acabó con la vida de John Felipe Romero Meneses. Eso contrasta con lo que relatan los que han servido allí, que inciden una y otra vez en que «el fuego cruzado y los tiros son continuos, a diario», pero, claro, explican, «no estamos repartiendo caramelos».

Con esta situación sobre el terreno, los soldados que van para allá saben de sobra que «no somos bienvenidos, sabemos dónde vamos y a qué». La hostilidad es común a todos los ejércitos, aunque es cierto, como señalan, que el máximo odio se lo llevan las tropas anglosajonas.

Los problemas se agravan porque todos ellos coinciden en que «los medios que tenemos son muy precarios y, sobre todo, insuficientes». Es más, recalcan, «hay poco material e incluso a veces hemos tenido que comprarnos nosotros algunas cosas que necesitábamos, como guantes o protectores porque no nos los habían dado». De los BMR no hablan «porque ya está todo dicho», y sólo esperan que los nuevos lleguen al ritmo al que lo están haciendo y a todos los puntos de la misión.

Las quejas por el material se trasladan también al número de efectivos que hay sobre el terreno, porque en su opinión «el personal que trabaja allí es insuficiente y acumula muchas horas de trabajo», lo que provoca que «no podamos rendir al cien por cien». Lo peor de esto, señalan, es que «nuestra capacidad falla, nuestros reflejos fallan y todo eso puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte».

Estos que hablan ya han vuelto, pero en Afganistán hay más de mil militares españoles que a diario se encuentran con esto. Quizá los 511 de refuerzo que irán en breve ayuden a corregir muchas cosas, pero el enemigo sigue ahí. Es una guerra.

fuente: La razón.

*a otra cosa mariposa...

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