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Último día en Moqur, ¡Misión cumplida!


El capitán Romero ordenó a sus soldados que estuvieran listos a las seis y media de la mañana. A las nueve, mandos militares españoles y afganos y autoridades locales llegaban al campamento Ricketts, en la localidad afgana de Moqur, y todo tenía que estar preparado.

Los militares se lavaron la cara como gatos, con toallitas húmedas de bebé o con la poca agua que encontraron, y se pusieron en marcha. Las cañerías se habían congelado a causa de las bajas temperaturas, en el lavabo los grifos estaban secos y las cisternas de los retretes, vacías.

Los soldados hicieron una última batida por la base, con una bolsa de basura en mano, buscando cualquier desperdicio que pudiera haber quedado olvidado. Realmente el puesto avanzado de combate estaba irreconocible, parecía otro. Ya no había tiendas militares de campaña, ni provisiones, ni munición almacenada, ni generadores, ni depuradora de agua, ni construcciones de madera, ni contenedores metálicos, ni basura, ni tan siquiera antenas o líneas de comunicación.

foto: Mònica Bernabé

Los militares habían puesto especial empeño en recoger cualquier trozo de cable, por pequeño e inservible que fuera, para evitar que, tras su marcha, los talibán pudiera utilizarlo para la fabricación de artefactos explosivos, la principal arma de la insurgencia.

"¡Venga va, el último esfuerzo! ¡Maldita sea, ponedle ganas!, el capitán Romero recriminaba así a sus soldados para que se pusieran firmes y con la cabeza bien alta mientras ensayaban la parada con la que iban a cerrar el acto de transferencia del campamento.

Una empresa turco-estadounidense, EMJV, se va a quedar con las instalaciones para construir una carretera de circunvalación que una el sur con el norte de la provincia de Badghis.

"Esta gente no os conoce de nada. No os ha visto patrullar, ni hacer guardia. ¡Os jugáis la misión ahora!", el capitán advirtió a la tropa. Tal vez exageraba, pero era cierto que los mandos militares que estaban a punto de aterrizar en el campamento no habían visto a aquellos chicos y chicas jugándose la vida en Moqur, ni pasando noches en vela para mantener la seguridad de la base, ni cargando con todo tipo de trastos para dejar impoluto el puesto avanzado de combate y hacer posible el repliegue.

Finalmente, el helicóptero Chinook apareció, levantando la nieve que cubría la base y duchando a quienes en tierra esperaban su llegada. Los mandos militares y autoridades locales recorrieron el campamento junto a representantes de la empresa EMJV, para comprobar que todo estaba en orden.
Firmaron el acta de traspaso y pusieron cierre al puesto avanzado de combate con un acto de homenaje a los caídos en Afganistán. Se arrió la bandera española con toda solemnidad, y dejando un regusto extraño. De repente todo lo vivido allí quedaba atrás, se pasaba página.

"Muchas gracias por vuestro sacrificio y esfuerzo. Podéis marchar de aquí sabiendo que tenéis la misión bien cumplida. ¡Enhorabuena!", exclamó el general de brigada Carlos Aparicio, que se desplazó desde Kabul para presidir el acto. Sus palabras resonaron entre los pocos soldados españoles que quedaban en Moqur. La mayoría ya había marchado.

Mi estancia en el campamento Ricketts ha sido posible gracias al director de comunicación del Ministerio de Defensa, Diego Mazón, a quien agradezco la celeridad de las gestiones realizadas para facilitarme estar allí durante los últimos días, antes de su cierre. Así como al jefe de prensa, Miguel Morer. Gracias a la Brigada de Infantería Ligera Aeorotransportable (Brilat) por permitirme acompañarla una vez más en Afganistán, y en especial a su coronel, Fernando González-Valerio.

En ningún momento se me han puesto restricciones para informar, más allá de la condición de no poder publicar ningún artículo hasta que el repliegue se hubiera completado para así garantizar la seguridad de los soldados.

Mi trabajo sobre el terreno ha sido posible gracias a los responsables de información pública, el teniente coronel Severino Riesgo y el sargento Alberto Vázquez, y el capitán jefe del puesto avanzado de combate en Moqur, José Alberto Sánchez Romero. También me han apoyado los comandantes David Cuesta, Juan Luis Carranza, y Daniel F. de Bobadilla, y el sargento primero Javier Navarro. Por último, mis más sincero agradecimiento al brigada Carlos Tercero por intentar hacer mi estancia lo menos dura posible y que no pasara demasiado frío.

"Aún no me creo que nos vayamos de Moqur", comentó un soldado en el interior del vehículo blindado, ya de camino a la base de Qala-e-now. "Me está dando un poco de pena irme", añadió con voz lánguida, aunque días atrás había asegurado, como todos los militares españoles que estaban destinados allí, que quería marcharse.


fuente: El Mundo.

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